Statement

A mano y sin permiso, así como lo hace mi madre,
así como lo hizo mi abuela.
No tuve estudios formales más que la experiencia de observar a mi madre
rayar las latas de grabado con las uñas negras cuando chica.
Dibujar horas juntas y verla dibujar desde siempre.
Enfrentarme con los crayones y los lápices resultaba una suerte de lucha,
una lucha por conectar mi mano con mi imaginación,
el esfuerzo que le resultaba a mi cuerpo abrir esos caminos
en la espesura de la mente.
En cada intento quedaba una creación que me recordaba el camino,
y en ella, una suerte de señal para seguir atravesando,
penetrando la existencia.
No planeé nada. Estudié teatro,
pero no pude nunca dejar de recorrer esa huella entre la mente y la materia,
plasmando a menudo los sucesos potentes de la vida,
y así atravesarlos dejando una señal como testigo.
Algo adicta a este ejercicio, debo reconocer,
me convertí en ceramista,
en pintora, pero todo así, a merced de
dar sosiego al misterio de estar viva.
Practico desde hace varios años retratar a los animales salvajes
que me encuentro en el camino,
y también a mí misma mirándoles cuando les encuentro.
Así, he creado varia obra acerca de esta revelación animal,
plasmando ese encuentro para hacerlo perdurar en la memoria.
Así, la luz del alba que te quita el aliento,
la nube reflejada en el lago,
la niebla, el horizonte, el cambio eterno de los colores que devienen
otros colores,
esta carne que siente y se conmueve con ello.
A todos esos presentes les devolví el gesto de retratar su recuerdo.
Una noche estando en la montaña en casa sola, rodeada de mis esculturas
y cuadros, fui interpelada por ellos.
Eran tantos y yo sola.
Me pidieron que los mostrara; querían ser vistos, se veían brillando.
No tuve de otra: me convirtieron en artista.